Eran tus colmados y tupidos bosques que
cubrían tus tierras. La arena color nácar de tu piel al descubierto que se baña
con el cálido mar de antillano que te rodea. Al ver tan imponente belleza, no
pude hacer más que saltar de la borda y mientras mis lágrimas se bañaban en el
mar, nade tan lentamente que el solo empuje de las olas fue el que me llevo
poco a poco hacia tus playas.
Embriagado por el mar que no quería que lo
dejara, me erguí para salir del mal azul turquesa que con su oleaje hipnótico
me decía que volviera. Lo único que me ayudo a salir fue la intriga y
curiosidad que me causo tu aparecer de entre kilómetros y kilómetros de mar en
mi horizonte.
No me importaron las noches que pase escuchando historias de
marineros que contaban acerca de estas islas, donde habitan hombres de piel de
bronce. No hice caso a las avisos de miles de navieros que advertían de los
peligros de dichas islas, de los hombres que habitan en ellas y sobre todo de
las costumbres que para muchos parecen barbarás ante la modernidad de los ojos
de muchas sociedades de occidente.
Mucho escuche hablar de sus rituales y
misterioso vivir, pero eso no escarmentó a mi corazón para anhelar llegar al
momento donde me encuentro.
A paso titubeante y con la resaca
del mar, caí desplomado ante tus playas desiertas para desear morir en ellas...
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