martes, 13 de noviembre de 2012

el Naufragio...


Con el frío viento de Febrero, mi nave llego a tierra por primera vez desde hace ya un lago y agotador viaje. Maravillado entonces  quede al ver como ante mis ojos crecían los detalles sutiles de tu fisonomía que se desvestía a cada ola que me empujaba hacia ti. 

Eran tus colmados y tupidos bosques que cubrían tus tierras. La arena color nácar de tu piel al descubierto que se baña con el cálido mar de antillano que te rodea. Al ver tan imponente belleza, no pude hacer más que saltar de la borda y mientras mis lágrimas se bañaban en el mar, nade tan lentamente que el solo empuje de las olas fue el que me llevo poco a poco hacia tus playas. 

Embriagado por el mar que no quería que lo dejara, me erguí para salir del mal azul turquesa que con su oleaje hipnótico me decía que volviera. Lo único que me ayudo a salir fue la intriga y curiosidad que me causo tu aparecer de entre kilómetros y kilómetros de mar en mi horizonte. 

No me importaron las noches que pase escuchando historias de marineros que contaban acerca de estas islas, donde habitan hombres de piel de bronce. No hice caso a las avisos de miles de navieros que advertían de los peligros de dichas islas, de los hombres que habitan en ellas y sobre todo de las costumbres que para muchos parecen barbarás ante la modernidad de los ojos de muchas sociedades de occidente. 

Mucho escuche hablar de sus rituales y misterioso vivir, pero eso no escarmentó a mi corazón para anhelar llegar al momento donde me encuentro.

A paso titubeante y con la resaca del mar, caí desplomado ante tus playas desiertas para desear morir en ellas...

No hay comentarios: