La verdad nunca he sido muy atento y menos de pequeño. Pero a pesar de mi falta de atención a los detalles, siempre tenido cierto interés por pequeños detalles que a la larga se han vuelto parte de mis recuerdos.
Mi fascinación por estos eventos constantes y repetitivos me han llevado a tener cierto culto a ellos. En este caso y muy particular esta la constelación de Oríón o mas especifico las tres estrellas que forma su cinturón.
No recuerdo bien cuando fue que me percate por primera vez de su existencia, tal vez alguna noche de verano cuando pasaba las horas mirando el cielo de la noche o algún instante mientras esperaba el autobús que me llevaría vuelta a casa.
A pesar de todo, esta constelación es para mi uno de los recuerdo que atesoro con gran aprecio. No se si sea porque la he visto de cabeza, horizontal o vertical. La he gozado en tardes lluviosas, en un amanecer frío o en una calurosa noche de verano. La he admirado reflejada en ríos, lagos, mares y miradas. La he contemplado de cerca en la oscuridad penetrante en las montañas o visiblemente lejana en un cielo rojizo de alguna metrópolis moderna. La he saludado fugazmente mientras se queda atrás durante un viaje en tren o firme en el cielo me ha acompañado en una banca cubierta de nieve. Al final, sin pretexto alguno, me ha acompañado en las buenas y en las malas.
Sin embargo, no se mucho de ellas, pero existen varias tradiciones que describen el origen y vida de este ser mitológico. Su origen se remonta a la antigua Grecia. La creencia mas aceptada de su origen se atribuye a Zeus, Poseidon y Hermes, siendo este su bastago. Pero a pesar de tener o no un origen divino, su vida es la que mas me a llamado la atención.
Cuenta la historia que Orión era un cazador y cayo enamorado de Artemisa, la cual era hermana gemelo de Apolo. Para no hacer la historia larga, Apolo tuvo celos del amor que sentía su bella hermana por aquel cazador. Haciendo uso de su astucia, Apolo reto a su hermana a clavar la flecha en el primer animal que viera a lo lejos y efectivamente Artemisa así lo hizo. Sintiéndose victoriosa fue a verificar su puntería, pero para su desdicha encontró con tristeza que había acertado en el corazón y quitado la vida a su amado Orión.
Es triste esta historia, pero a pesar de que fue inventada o no por el hombre hace miles de años, sigue teniendo vigencia en las miles de historias de amor de la actualidad. Creo que al final solo queda aprender de Artemisa, tratar de no ser engañada por el propio ego y evitar así dar muerte al amor que sentimos por alguien...

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