Hoy me levante con la angustia y premura de no llegar puntual a nuestro encuentro. Dejo a un lado lo dulces sueños y recuerdo en mi almohada para cuando regrese. Tomo del primer cajón un atuendo modesto y me preparo para tomar la calle por asalto. Antes de salir me tomo un tintico y me despido dulcemente de Cleopatra.
Una vez por tus largas calles, me percato por primera vez lo robustas y anchas que son, no puedo evitar sentir mi corazón latir pues mientras mas las recorro, mas me enloquece la simetría y perfección con que fueron hechas.
Paro por un momento para tomar una fresca bocanada de aire, alzo la mirada y diviso a lo lejos las callejuelas que llevan a tu casa. Paso de largo y llego hasta una explanada, donde me detengo un momento a contemplar la dulce vista y tomo un sorbo del agua de aquella fuente que adorna con delicadeza la sobriedad de tus palacios.
Después de saciar mi sed, recobro la fuerza y continuo mi andar de pies. A lo lejos diviso tus dos hermosas montañas y las veredas que llevan a la cima. Después de perderme un y otra vez por tu campiña, llego a la cima para contemplar la hermosa vista del valle que se fusiona perfectamente con el cielo oscuro de la noche, donde iluminan a mi corazón un par de estrellas fugaces que me miran dulcemente desde las alturas.
Pasando la cima existe un árbol blanco, con un tronco firme y delicado de donde nacen los frutos mas exquisitos que allá probado. Tomo con la mano el único que encuentro, me percato lo maduro que es, lo acaricio con mis dedos una y otra vez. Lo muerdo y bebo de él, su suave néctar sabor a miel.
Me percato que a iniciado la lluvia, tomo rápidamente un atajo para descender por tus firmes montañas. Paso nuevamente por tu explanada y tomo las callejuelas que me llevan a la puerta de tu casa que esta custodiado por aquel jardín hermosa de rosas negras.
Suspiro para contener el dulce aroma que me embriaga mis mas dulces recuerdo. Toco dulcemente el timbre varias veces antes de traspasar suavemente por la puerta. Al final del corredor que conduce a tu recamara, te encuentras tú, esperándome con los brazos abiertos y yo caigo desfallecido todo mojado en tu cama blanca.
Después de rodearme con tus cálido cuerpo, recorro con mi dedos mi cabello para descubrir tu oído y susurro delicadamente tu nombre antes de desvanecerme por el cansancio y dormir eternamente...
Después de rodearme con tus cálido cuerpo, recorro con mi dedos mi cabello para descubrir tu oído y susurro delicadamente tu nombre antes de desvanecerme por el cansancio y dormir eternamente...

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